que se niega a morir
Riccardo Cascioli
Brújula cotidiana,
26_09_2024
“Hablamos de un
caso muy inusual que plantea algunas preguntas incómodas que merecen una
respuesta abierta y objetiva”. Estas palabras son del juez británico Nigel
David Poole y el caso al que se refiere es el de NR, un niño discapacitado
de 4 años a quien dicho juez retiró el soporte vital el pasado mes de abril,
pero que ha sobrevivido e incluso está mejorando.
Es un caso que
trae inmediatamente a la memoria todos los anteriores -desde Charlie Gard a
Indi Gregory, pasando por Alfie Evans, Archie Battersbee y otros- en los que
médicos y jueces intervinieron en contra del deseo de las familias para
acelerar la muerte de niños. Y se presta a algunas consideraciones.
NR (el tribunal ha
prohibido que se difunda el nombre) nació sin ojos y probablemente sordo, pero
además en 2023 se vio afectado por una infección cerebral que le provocó dos
infartos: a partir de ese momento vivía conectado a un respirador pulmonar, al
menos hasta abril.
El guión ya estaba
escrito: los médicos del King's College Hospital decidieron suspender el
soporte vital, los padres -católicos y que se habían negado a abortar cuando
una ecografía había revelado la grave discapacidad- se opusieron; y todo acabó
en los tribunales. Y aquí el juez Poole, tras examinar al niño, decide que
lo mejor para él es morir, porque “las dificultades a las que se enfrenta son
muy superiores a los beneficios”. Los padres también habían intentado que el
niño fuera ingresado en un hospital italiano, el Bambin Gesù de Roma. Todo en
vano.
Sin embargo,
sorprendentemente, NR se niega a morir a pesar de no seguir conectado al
respirador pulmonar; es más, su estado mejora lentamente: ya no hay catéter,
se alimenta con una sonda, respira con normalidad. Así que el propio juez
Poole, a petición de los padres, volvió a visitar al niño, tomó nota de la
situación y el 23 de septiembre retiró su resolución anterior, ordenando a los
médicos que le presten todos los cuidados necesarios y reconociendo que este
caso demuestra que “la medicina es la ciencia de la incertidumbre y el arte de
la probabilidad”. Por otra parte, Poole, que ya había ordenado retirar el
soporte vital en otros casos similares, siguió defendiendo su sentencia de
abril afirmando que estaba justificada dadas las circunstancias en que se
dictó.
Se entiende, pues,
que las posibles respuestas a las “preguntas incómodas” que plantea el caso NR
se limitarán probablemente en el futuro a una mayor cautela a la hora de
decidir la retirada de los soportes vitales y quizá a más pruebas clínicas para
establecer las posibilidades reales de recuperación.
Lo cierto es que
el juez Poole, al justificar su sentencia de abril, mantiene dos criterios
fundamentalmente erróneos. El primero se refiere a la importancia del amor de
un padre por un hijo (pero se aplica al amor en general). En la sentencia de
abril, el juez reconoció el gran amor de los padres por NR: “Como padres de un
niño gravemente discapacitado, son conscientes de que no podrán ofrecerle la
cantidad de experiencias que podrían dar a un niño sin sus discapacidades, pero
pueden proporcionarle amor incondicional y la certeza de que siempre estarán
con él. (...) NR sigue beneficiándose del amor y el apoyo incondicionales de
sus padres. Su devoción por él es realmente conmovedora”. Pero al confirmar la
decisión de los médicos, avalada por su propio examen, el juez Poole afirma que
el amor, por muy edificante que sea, supone un obstáculo para juzgar con
lucidez lo que es mejor para la persona amada. Que es como decir que el amor es
un obstáculo para la razón y que la única forma de juzgar objetivamente es a
través de la indiferencia hacia el sujeto juzgado. Se trata de una afirmación
absurda: la indiferencia, la ausencia de sentimiento o de implicación impide en
realidad conocer al otro y, por tanto, poder juzgar lo que es bueno para él.
De lo contrario,
sería como decir, por ejemplo, que dos personas casadas son incapaces de
comprenderse y reconocer el bien del otro por el mero hecho de estar enamoradas
o implicadas afectivamente. Por supuesto que también se puede tener una
relación afectiva vivida de forma distorsionada, pero la solución no puede ser
la indiferencia, es inhumano. Tan inhumana como la sentencia de abril.
Hay un segundo
criterio enunciado por el juez Poole que no se puede compartir. Para juzgar lo
que es “el mejor interés” utiliza la vara de medir de la “calidad de vida”. La reconsideración de NR se produce ante la evidencia
de que su estado ha mejorado y que, por tanto, la opinión de los médicos era
precipitada e inexacta. Pero sigue opinando que, ante la perspectiva de un
empeoramiento progresivo de su estado, es correcto forzar la muerte,
precisamente porque una vida así ya no merece la pena.
Sin embargo, éste
es precisamente el criterio contra el que lucharon los padres de NR, al igual
que los de Alfie, Charlie, Archie y los demás: no se hacían ilusiones sobre la
recuperación de sus hijos, ni contaban con una larga esperanza de vida, sino
que pedían que la muerte llegara de forma natural, que decidiera Dios y no un
médico o un juez. Pedían que el amor incondicional y natural de los padres, que
alimentó a sus hijos hasta el último momento, no se rompiera artificial y
brutalmente. Y este “interés superior” es justamente lo que el Poder de este
mundo no quiere reconocer.